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Oliverio Girondo: en las entrañas impredecibles del lenguaje insumiso

Desde muy joven, antes de publicar sus primeros versos, Oliverio Girondo fue un transgresor de las formas de su época

La poesía no es la misma desde que Oliverio Girondo la visitó y forjó una voz lírica muy particular —una singularidad, dirían los científicos— mediante la que nos legó, junto con el titán Jorge Luis Borges, una revolución que aún mantiene girando la rueda de la poesía argentina.

Renovador como él solo, con propuestas temáticas y de estilo refulgentes y cautivadoras, Oliverio Girondo es una de las voces más entrañables desde que publicó Veinte poemas de amor para ser leídos en el tranvía, publicado en Francia en 1922 —una edición que constó sólo de mil ejemplares y con ilustraciones del mismo Girondo—.

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Oliverio Girondo, el audaz

Precisamente con Veinte poemas… el novel poeta Oliverio Girondo ya dio muestras de su arte novedoso, que abrevaba de las vanguardias europeas de su época, como el dadaísmo y el surrealismo.

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Desde muy joven, antes de publicar sus primeros versos, fue un transgresor de las formas de su época. Por ejemplo, en el colegio francés de Albert Le Grand —a donde acudió para prepararse en el estudio del derecho— fue expulsado por incorporar a su vida gestos y actitudes surrealistas: arrojó un tintero a un profesor que para hablar de los habitantes de Buenos Aires (ciudad que mencionó como “capital de Brasil”…), usó el término “antropófagos”. 

Esa actitud beligerante y nada ortodoxa, más bien cuestionadora de las convenciones sociales, le llevó a una actitud radical en el lenguaje (en forma y fondo) para darla una nueva imagen gráfica a su poesía: jugó con las formas como lo hiciera décadas antes Guillaume Apollinaire

Junto con Raúl González Tuñón y Jorge Luis Borges, Oliverio Girondo es considerado uno de los revolucionarios de la poética argentina. Gracias a la exploración de su rico universo onírico, publicó después Calcomanías (1925), Espantapájaros (1932), Interlunio y Persuasión de los días, entre otros. 

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Vale la pena detenerse un poco en En la masmédula (1956), tal vez la más iconoclasta de las obras de Oliverio Girondo —que ya es decir mucho—, en la que subvierte el lenguaje y los conceptos al grado que ningún lector queda indemne. Una experiencia sensorial completa.

Y para recordar que hace 130 años (17 de agosto de 1891) nació este gran bardo, a continuación presentamos un fragmento del poema Espantapájaros, que haría famoso el director Eliseo Subiela en la película El lado oscuro del corazón:  

“Me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! —y en esto soy irreductible— no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!”.

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